Reportaje

A la memoria de la madre Belén, fallecida recientemente. Por José Manuel Cano Mauvesín

 

 

Una santidad olvidada

 

A los pies de la sillería renacentista que se encuentra en el coro del monasterio de Madre de Dios existe una gran lápida de mármol negro cuyos caracteres, borrados en parte por la incuria del tiempo, recuerdan que allí están sepultadas, entre otras religiosas, doña Ana de Toledo y su madre, la marquesa de Ardales, a las que las crónicas del convento otorgaban fama de santidad desde antes incluso de su muerte.

 

Fue la referida aristócrata hija del Gran Almirante de Nápoles, don Fernando Folc de Cardona y de doña Beatriz de Figueroa y Córdova, hermana menor de la duquesa de Sessa y Baena. Ya desde la más temprana infancia su vida estuvo marcada por una serie de acontecimientos que, pese a su carácter sobrenatural, se tenían como ciertos en los anales del convento. De este modo, entre las amarillentas páginas que componen sus legajos, aparecen unas pequeñas cuartillas en las que haciendo referencia a su vida se afirmaba que desde su niñez traía consigo una imagen pequeña de Virgen con el Niño en brazos, pintada en una tabla y “estando quando niña esta Señora en la cuna tenía a la cabecera esta Sta. Ymagen”. Gracias a ello, sigue narrando la crónica, la pequeña se vio libre del maleficio que ya había afectado a otros miembros de su familia:

 

“Había en Barcelona muchas hechiceras, entraron en casa del Gran Almirante, su padre, fueron a la cuna a hacer daño a la niña y las atemorizó una luz que en forma de cruz salía de la imagen que cubrió a la niña, por lo que no pudieron tocar ni hacer daño a la niña. El año antes estas misma criaturas tan malintencionadas habían muerto en la cuna al hijo mayor de Sus Señorías, todo lo cual se supo por el confesor de las dichas en el auto que se hizo en Navarra”.

 

Las múltiples obligaciones militares y diplomáticas que su padre, el duque de Soma, debía atender en Italia, propiciaron el que la niña se trasladase al castillo de Belalcázar donde quedaría al cuidado de su tía, doña Francisca Fernández de Córdova, casada con el marqués de Gibraleón. Allí se sintió especialmente atraída por la vida religiosa hasta el punto que, siendo aún de corta edad, se quedó un día en el monasterio de Santa Clara de la Columna, consintiendo salir únicamente tras prometer sus tíos que costearían la edificación de un convento que ella misma fundase. Sin embargo, la realidad es que distaban de aquella intención los pensamientos de sus tutores, pues el verdadero propósito que perseguían era desposarla con algún noble que acrecentase el prestigio de la Casa de Soma. El que llegaría a ser virrey de Orán y ostentaba los títulos de marqués de Ardales y conde de Teba, parecía el candidato perfecto.

 

La vida de la futura profesa en Madre de Dios daría un nuevo cambio tras el convenido  matrimonio, trasladándose los nuevos esposos a Baena, en cuyo castillo residirían junto a su tía doña Francisca que no tenía descendencia. Atrás quedaban los años de su niñez en Belalcázar y, aunque casada, las largas ausencias de su marido y la enfermedad de su hija doña Ana, le fueron forjando una personalidad muy proclive a ingresar en el claustro.

 

La antigua fortaleza baenense se convirtió por aquellos años en un lugar de socorro asegurado para cuantos nada tenían. Así lo confirmaban las crónicas de la época en las que se hacía constar que las limosnas que otorgaba “eran tantas que no comía ni le quedaba ropa que vestirse; vino a tanto que el señor marqués de Ardales, su marido, asentó con su Excelencia que por que comiese sin cuidado le dio cada día cantidad de pan y carne que diese a los pobres que eran muchos…” A la par que se ejercitaba en la caridad de tal forma, entraba todos los días en la clausura para servir a las religiosas en el refectorio comiendo ella posteriormente a segunda mesa. Visitaba igualmente a las que se encontraban enfermas e insistía en realizar algunas de las tareas más humildes del convento.

 

 

 

Reportaje completo en la edición escrita de Cancionero, correspondiente al mes de septiembre.