Baena

Le comuniqué por teléfono que iría a verle, aunque él rezongó, incrédulo: “lo creeré cuando te tenga delante”. Habíamos sido compañeros de pupitre en la SAFA con nuestro recordado maestro don Ricardo. En la clase, yo estaba considerado como un tabardillo y él como un niño ensimismado. Ésta iba a ser la segunda vez que nos veíamos después de cuarenta años. Me presenté una tarde en su tienda, en la avenida Diagonal 359, de Barcelona. Verme y abrir desmesuradamente los ojos fue todo uno. Estaba cómodamente instalado en un sillón Art decó, examinando un bastón de ébano con empuñadura de plata repujada. Por su forma de mirarme supuse que dudaba entre si usar conmigo la cortesía o el bastón. Afortunadamente para mis costillas que no hubieran soportado una ración de palos se decidió por la primera. Como faltaba poco para cerrar bajó la persiana desde el interior para que no nos importunasen. Nos acomodamos bajo un cuadro de Rusiñol y tras un ligero preámbulo comencé a interrogarle:

-Supongo que esta no ha sido siempre tu profesión.

-Supones bien. Con trece años empecé a trabajar en la herrería de Antonio Gómez Alcántara, en Baena.

-De haber seguido con tu oficio de herrero ahora estaría ante un verdadero artista de la forja.

-De eso no te quepa la menor duda y no pretendo ser falsamente modesto.

-¿Entonces porqué decidiste marcharte a Barcelona en lugar de seguir con los hierros?

-Evidentemente eso no lo decidí yo. Fue mi padre, que por entonces tenía 49 años. Al no haber trabajo levantó la casa y emigramos a Barcelona, mis padres y los cuatro hermanos que somos. Estamos hablando de 1971.

-Llegaste como herrero, ¿pero cómo fueron tus inicios como numismático en la Ciudad Condal?

-Te explico por riguroso orden. Comencé a trabajar en una empresa de estructuras metálicas durante unos años. Luego me tocó hacer la mili en Ferrocarriles. Una vez licenciado volví al trabajo y un buen día observé que entre los empleados había uno que trapicheaba con monedas. Quiero decir que por las pesetas que llamábamos del 1 de 1944 él pagaba dos pesetas de las otras. Me pareció que podía ser un negocio próspero y decidí emularlo.

-O sea, que de la noche al día te hiciste entendido en monedas.

-A ver, todo lleva su proceso. En esta nueva actividad a la que me aferré por sacar un sobresueldo había que ir subiendo peldaños si querías llevarla al máximo. Y yo quería porque pronto me di cuenta que resultaba apasionante. De modo que empecé a comprar a la gente pesetas del 1 a dos pesetas, pero me las ingenié para vendérselas a su vez a un señor del Paseo de Gracia a cinco pesetas. Para reforzar mi incipiente segundo oficio solía frecuentar los domingos la plaza Real, en la que había bastante trasiego de compraventa de monedas antiguas. Observaba cómo lo hacían e iba aprendiendo. Y también supe que aquella actividad tenía el nombre de numismática, que significaba ciencia que trata sobre las monedas y medallas, y no filatelia como la llamaban algunos. Por cierto de vez en cuando me compraba libros sobre la materia que me resultaban muy instructivos y me ayudaban a comprender los entresijos del oficio.

-Quiero entender que paulatinamente el numismático fue devorando al herrero.

-Exacto. Mientras alternaba las dos cosas conocí a Mari Carmen Romero, cuyos padres eran de Almadén de la Plata (Sevilla), también emigrantes en Barcelona. Mari Carmen y yo nos casamos en 1977 y enseguida empezó a participar en mi ilusión por las monedas, convirtiéndose en mi colaboradora y en mi soporte. Como seguíamos en línea ascendente poco después se produjo la escisión entre el herrero y el numismático. Abandoné definitivamente la estructura metálica y abrí tienda en la calle Urgel para consagrarme como numismático.

-De lo que se deduce que eres un autodidacta.

-En la numismática no existen academias en las cuales formarte. Bueno, en realidad se puede decir que la plaza Real en aquellos tiempos era una sui géneris escuela de numismáticos. Pero vamos, que en este oficio nos vamos formando a fuerza de tropezones. Con la práctica uno desarrolla cierta intuición

a la hora de distinguir la moneda auténtica de la falsa.

-Para llegar a diferenciarlas me imagino que te habrán colado más de una falsa.

-Claro. Siempre han circulado falsas. Ya desde que se acuñó la primera moneda de la historia había alguien haciendo la imitación. Por eso es esencial distinguir lo falso de lo bueno para que involuntariamente no le demos al comprador gato por liebre. Para mí la honradez profesional está por encima de todo.

-Pero si la falsificación está perfectamente hecha descubrirla debe ser difícil.

-Lo es, pero no imposible. Hay ciertos rasgos en las monedas que las van distinguiendo y a partir de ahí vas comparando las monedas hasta establecer cual es la auténtica.

-Siempre he pensado que las monedas nos cuentan la historia de las ciudades. ¿Podías hablarme de esto?

-Nosotros decimos que son el mosaico de la historia. De ellas se extrae información que nos hace ir interpretando la historia del hombre y la humanidad.

-¿Qué características debe reunir una moneda antigua para considerarla una pieza importante?

-Muy sencillo. Que sea una rareza en sí misma y que se conserve en buen estado.

-La época ibérica, junto con la romana debe haber sido muy rica en esta materia. ¿Podías decirme en qué yacimientos españoles se ha cosechado la mayor cantidad y calidad de monedas?

-Evidentemente en Andalucía.

-Tengo una curiosidad. ¿Baena ha sido afortunada en hallazgos de monedas antiguas?

-En Baena han salido magníficas monedas. Ha sido riquísima en yacimientos, pero debido a la persecución que hay sobre los “piteros”, así se le denomina a los que las buscan con detectores de metales, ha hecho que apenas salgan. Gracias a estos piteros se ha engrandecido la numismática y explico por qué. Muchas monedas estaban enterradas en olivares donde evidentemente nadie se va a exponer a excavar. Los piteros han sido capaces de rescatarlas. También debo decir que éstos han hecho bastante daño en ocasiones por meterse donde no debían.

-¿Por ejemplo?

-Pues en excavaciones arqueológicas, asentamientos antiguos…

-¿Las monedas que se han ido recuperando están en los museos? Y disculpa la ingenuidad de la pregunta.

-Una parte sí, pero otra se encuentra en colecciones privadas.

-¿Incluso en Baena?

-Me consta que hay en manos privadas pero no están las mejores colecciones de Andalucía. Cuando la búsqueda de monedas no constituía delito por Baena iban muchos comerciantes de Sevilla a comprar.

-Por un lado se dice que los vestigios del pasado son patrimonio nacional y por el otro sabemos que una parte importante se halla en manos de particulares. ¿Cómo se conjuga eso?

-Malamente. La gente debe ser consciente de que al encontrar un tesorillo debe declararlo, porque de ese hallazgo va a salir, tras una sesuda investigación mucha información histórica.

-¿En Baena se llegó a acuñar moneda en la antigüedad?

-No, por la razón de que en Baena no hubo ceca. La más cercana era Obulco (Porcuna) y Castulo (Cazorla). En ambas salieron muchas monedas ibéricas pero fueron expoliadas por los piteros. Ahí si es verdad que hicieron mucho daño.

-¿Dónde hay más monedas en los museos o en manos privadas?

-En manos privadas. Eso es debido a que los museos no disponen de presupuesto para comprar. No te ofendas pero me has hecho una pregunta de Jaimito.

-No comprendo. ¿Qué quieres decir?

-Sí, hombre. Cuando el maestro le pregunta: “Jaimito, ¿en qué parte del mundo hay más cal?” Y este le responde, “señor maestro, en el mar”. “¿Por qué?” “Porque hay cal…amares”.

-Ja, ja. No está mal introducirlo como elemento humorístico -. Pero digo yo que aparte de la numismática, tocas también las antigüedades. ¿Cómo te dio por eso si lo más probable es que no tuvieras demasiados conocimientos en ese campo?

-Bueno, soy de natural osado. En los noventa, según iba a las casas a comprar monedas me fijaba que éstas eran de la clase media catalana. A veces me ofrecían comprar objetos antiguos que yo rechazaba por no meterme en camisa de once varas. Pero pronto me di cuenta que si aprendía algo de antigüedades podía ser otra fuente de ingresos. De manera que compré una guía del anticuario y me fui instruyendo en un nuevo oficio que era perfectamente compatible con las monedas. Y por supuesto este aprendizaje llevó consigo meteduras de pata al comprar e incluso al vender.

-Como anticuario, ¿Cuál ha sido el gran hallazgo de tu vida?

-He hecho muy buenas compras. Por mis manos han pasado magníficas colecciones… de repente se silenció, haciéndome ver que hay lados en esta profesión que no se pueden revelar por respeto a la persona que se las ha vendido.

-Está bien. Es secreto de sumario, pero dime, ¿saliste trasquilado en alguna compra?

-Sí, claro. Ya lo he apuntado antes. Gajes del oficio. La que más daño me hizo al bolsillo fue cuando empezaba. Compré cuatro monedas por 8000 pesetas. Me acuerdo que mi mujer las tenía guardadas en un sobre. Le dije, Mari Carmen, saca los dineros que me ha surgido una oportunidad de compra. Pero resulta que las cuatro monedas eran falsas. Nos quedamos sin un duro.

-¿Recuerdas qué monedas eran?

-¿Cómo no voy a acordarme? Eran cuatro dólares americanos, falsos como judas. Ya ves, eran mis primeros pasos. Pero anécdotas aparte, los aciertos a lo largo de mi vida profesional han superado con creces a los desaciertos.

-En tu faceta de anticuario habrás vendido objetos que te hubiera gustado quedarte.

-He vendido extraordinarias piezas que me han dolido mucho desprenderme. Pero tengo que vivir. Con este negocio he sacado adelante a mis tres hijos. También te digo que para mí es un verdadero placer encontrar piezas con las que satisfacer a mis clientes. Me encanta ver cómo disfrutan cuando la tienen ante ellos.

-Cuando te llaman para alguna compra en casas de la burguesía barcelonesa, me imagino que irás con gran emoción por lo que puedas encontrar de interesante.

-En algunas casas, solamente la entrada te indica lo que vas a encontrar dentro. Si hay un buen cuadro en el vestíbulo ya te está anunciando cosas apetitosas. Ahora bien, si lo primero que ven tus ojos es el retrato de bodas, pues la cosa está chunga. Aunque también es cierto que en los sitios más inverosímiles puedes encontrar objetos de valía.

-¿Qué futuro le ves al negocio, teniendo en cuenta que hay menos interés por comprar objetos antiguos, sobre todo los jóvenes?

-A ver, los jóvenes no compran porque no tienen poder adquisitivo. Y si lo tuvieran el problema es que los padres aficionados a la numismática y a las antigüedades no han creado afición en sus hijos. Eso preocupa y también preocupa que cuando en Barcelona, pongamos por caso, los numismáticos vayamos cerrando tiendas no vamos a tener quienes nos reemplace. El motivo es que nuestros hijos han elegido otras direcciones a la hora de ganarse el sustento. Una lástima porque yo el futuro en este campo lo veo con optimismo. Todavía hay muchas piezas por salir. No está agotado ni mucho menos.

-A propósito de futuro o más bien de presente. ¿De qué modo afecta la crisis a tu negocio?

-Eso enlaza con lo que digo. No me afecta, así de rotundo. Es más, me favorece porque en tiempo de precariedad económica la gente necesita vender.

-Una crisis sin precedentes como la que estamos padeciendo requiere que los políticos se unan y adopten medidas sin precedentes. ¿Qué opinión te merece esto?

-Mi modesta opinión es que se dejen de enfrentamientos y acusaciones. Que lleguen a un consenso para ayudar a la mediana y pequeña empresa que son los que crean puestos de trabajo. Y que el gobierno dé confianza a los bancos para que éstos puedan conceder créditos. Aunque soy consciente de que la situación es más compleja de lo que yo pueda opinar.

-En este maremágnum de objetos que pasan por tus manos, ¿existe algún sector en el que no hayas profundizado?

-Sí, claro. La joyería. Por supuesto no tengo la especialidad de gemólogo, aunque puedo distinguir las piedras preciosas. Lo cierto es que no me llama demasiado meterme en ese terreno.

-Me asombra tus conocimientos sobre tantas cosas. Diría que estoy ante un hombre del Renacimiento.

-No exageres. Sé un poquito de todo porque para mí las distintas parcelas del arte son como eslabones de la misma cadena.

-Alguien como tú que tiene la cabeza llena de monedas, cuadros, objetos de lo más variopinto tiene que tener una válvula de escape.

-Tengo mi hobby: la pesca. Los fines de semana me voy a lanzar la caña. Para mí es un maravilloso bálsamo. No podría vivir sin el contacto con el mar. De niño nunca vi el mar. Tuve, como otros muchos que contentarme con escuchar el rumor en una caracola.

-Intuyo que otra de las cosas que te producen relax es viajar a Baena.

-Intuyes bien, pero no voy todo lo que quisiera y eso que cada vez me siento más baenense. Como tú bien sabes nací en la calle los Silos. Los niños de mi pandilla nos íbamos por el camino los Palos hacia  las Cañadas y al pozo de la Jiguera, y digo así porque todo aquél que no dice jigo ni jiguera no es de mi pueblo. La verdad es que es uno de mis parajes favoritos. Desde allí hasta alcanzar la torre del Montecillo que era nuestra ilusión. Esa torre vigía de los árabes.

-Entonces, cuando ibas a jugar al Montecillo nunca hubieras imaginado que tu futuro iba a ser numismático. Porque además allí es probable que se hayan encontrado monedas.

-Sí, en más de una ocasión compré monedas halladas en las inmediaciones de la torre.

-Es curioso. La vida te lleva otra vez a tu niñez. Es como el eterno retorno de Nietzsche. Por cierto, ¿esa torre no te produjo miedo de niño? El verla allí, enhiesta, tan altiva y desdeñosa, como si guardara un fantástico tesoro.

-En mi caso si había un tesoro lo llevaba yo dentro. Como he dicho, he sido un autodidacta toda mi vida y amante de las cosas bellas.

-Un esteta.

-También. Un nostálgico, romántico, sentimental. Las tres cosas se van acrecentando con el paso de los años. ¿Alguna pregunta más?-dijo, consultando el cronómetro de su muñeca.

Iba a responder cuando en ese instante un decimonónico reloj de péndulo hizo sonar lúgubremente nueve campanadas. El inefable numismático frunció las arrugas de su frente y me formuló una pregunta inquietante:

-¿Te gusta el mojete de papas?

Desconcertado, escudriñé a mi alrededor, buscando indicios de tan rica mención gastronómica. Sólo vi reliquias del pasado y una litografía de Goya enmarcada en pan de oro que representaba a Saturno devorando a sus hijos. Si la mera alusión al mojete me había abierto el apetito, tan terrorífico espectáculo lo suprimió. Le respondí afirmativamente por si acaso, de repente de la trastienda salía alguien con mandil y portando una humeante perola. Porque, ya se sabe, los anticuarios son muy amigos de reservar agradables sorpresas.

-Me gusta más que rascarme alrededor de una pupa. ¿Por qué lo preguntas?

-Mari Carmen los hace muy buenos y ahora mismo seguro que está dándole el último toque. ¿Te apetece cenar con nosotros?

-Encantado. Soy tan sugestionable que estoy oliendo desde aquí el delicioso aroma de la salsa.

-Pues entonces vámonos.

Bajó la persiana con un enérgico tirón, dejando encerrados en las tinieblas todos aquellos viejos objetos, en los que, tal vez, las mentes fantásticas imaginaran aquelarres de sombras, cuyo hechizo se rompe al amanecer. Con alegre paso fuimos recorriendo la avenida Diagonal, charlando, con risas y porfías de nuestras vidas de escolares en las cuales, a mí me dieron el título de tabardillo y a él el de niño ensimismado.